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Maternidad

Maternidad

Siempre hay una primera vez para todo, después del parto no es la excepción.

Cuando nacen nuestros hijos, el mundo y todo aquello que conocíamos cambia completamente. Empezando por nosotras mismas, pues con su llegada nacemos en la maternidad, pensamos, sentimos y lucimos diferentes.

Enfrentar esto no siempre es fácil, pero se trata de un redescubrimiento.

Cuando nos vemos por primera vez en el espejo, es un shock total. Nuestro cuerpo es diferente, hay marcas en él, aún esta hinchado, y puede lastimar un poco nuestra vanidad. No es fácil reconocer a la mujer que ahora se refleja, tiene ojeras, está cansada todo el tiempo, nerviosa y angustiada con un bebé en brazo que apenas está conociendo y que come de ella.

La primera vez que tomamos a ese ser pequeño en brazos sentimos un amor tan inmenso como el miedo a tomarlo mal y que se rompa. Lo olemos, lo miramos perplejas ante tan maravillosa creación, lo acariciamos tiernamente grabando ese primer momento en nuestra memoria para atesorarlo de por vida.

Amamantar por primera vez es complejo, podemos haber leído mil cosas, habernos asesorado y consultado, pero si las cosas no salen como planeamos, experimentamos dolor y frustración, del cual podemos aprender y comenzar una mágica etapa con nuestro bebé o podemos dejar que los malos momentos y la falta de apoyo nos llevan a declinar y optar mejor por disfrutar la hora de la comida con una mamila y la dulce mirada de ese ser.

La primera vez que volvemos es estar en la intimidad con nuestra pareja es muy difícil, nuestro cuerpo es otro y nos da miedo que las marcas, los gorditos que aún están en nosotras no sean atractivas para él. Tenemos nervios, quizá como aquella primera vez en que ambos se fundieron en uno solo. Nos preocupa que la falta de sueño y la presencia de ese ser no nos deje disfrutar de ese momento tan especial. Pero la verdad es que cuando hay un amor tan grande y tan fuerte, como el que creo a ese pequeño ser, las cosas fluirán o todos esos temores se irán.

Las primeras veces que festejemos un logro de nuestros hijos, sentiremos como el orgullo y la felicidad nos invaden, como nuestro corazón se acelera y una enorme gratitud por poder estar presentes ante semejante suceso.

No obstante, cuando estemos ante sus primeros fracasos, sus primeras malas experiencias, sentiremos como el enojo y la tristeza nos invaden, la frustración de que en muchas ocasiones no podremos hacer nada para evitarlo puesto que estos eventos son necesarios para que crezca y aprenda de ellos y vayan formando su propio camino.

La primera vez que los reprendamos o llamemos su atención para marcar los límites necesarios para que él sea un ser capaz de convivir en sociedad serán difíciles y nos enfrentaremos al dolor de ser firmes, aunque su reacción pueda llegar a lastimarnos.

La primera vez que nos sentemos en calma y nos “caiga el 20” de que somos madres, que hay un ser que depende de nosotros y al que nos corresponde formar, nos percataremos que la vida que teníamos antes ya nunca volverá, que con su llegada empezamos una vida nueva, una vida llena de aprendizaje y sobre todo llena de muchas nuevas primeras veces.