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Maternidad

Maternidad

A veces olvidamos que somos tan vulnerables como ellos.

Mis hijos han visto a su mamá principalmente de dos formas: feliz y enojada. Feliz cada vez que festejo con ellos sus logros, como cuando dijeron su primera palabra o dieron sus primeros pasos. Enojada como cuando los regaño por no recoger sus juguetes cuando han terminado de jugar o como cuando les he pedido más de 10 veces que hagan algo y pareciera que le estoy hablando a la pared.

También han tenido oportunidad de verme nostálgica y preocupada. Nostálgica como aquel que fuera su primer día de clases o cuando ven que estoy sacando la ropa que ya no les queda pero que a mí me trae gratos recuerdos al verla y olerla. Preocupada como cuando pasan la noche ardiendo en fiebre y yo estoy a su lado buscando la manera de hacerla ceder y velando su sueño o como cuando tuve que pasar la noche en el hospital cuidando de ellos sin dormir, aunque sea un poco.

Sin embargo, pocas veces me han visto triste, pocas han sido las ocasiones en que me han visto llorar y digo pocas no porque no llore o porque no me ponga triste, sino porque lo evitaba, lo digo en tiempo pasado por qué ahora, decidí mostrarme ante ellos, tal y como soy, vulnerable y humana, que al igual que ellos tengo momentos en los que solo el llanto me hace sentir mejor.

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Antes cuando me sentía así, me desahogaba cuando ellos dormían, me ocultaba en el baño a llorar en silencio cuando lo necesitaba, y si me veían y preguntaban “¿Qué tienes mami?” Sólo respondía, “Nada, me duele un poco la cabeza”.

Pero, eso cambio hace poco cuando viví una experiencia que me cambió la vida y de la cual les platicaré más adelante pues aún estoy trabajando en sanar.

El día en que todo sucedió no podía dejar de llorar, las lágrimas caían por mi rostro sin parar y no podía ocultarme de mis peques porque necesitaban de mí en ese momento. Uno de ellos al verme parada en la cocina mientras trataba de llorar sin que lo notaran, se acercó y me dijo “Mamá, ya no llores. No me gusta verte así” lo abracé tan fuerte que me dijo “Ammm, me estás apretando mucho” lo miré fijamente a los ojos y le dije “Tengo que llorar amor, soy un ser humano como tú, y llorar me ayuda a sacar esta pena y sentirme mejor” después de eso me sonrió y me abrazó.

Y es que como mamás nos negamos a veces a mostrarnos así ante ellos, pues es nuestro deber ser su roca, su apoyo y su fortaleza. Hacerlos sentir seguros y capaces de todo, por eso al querer cumplir condicho deber olvidamos que la tristeza también es necesaria, ellos necesitan mamás humanas, reales con las que se puedan sentir identificados. Cuando dejamos de lado esa armadura que nos ponemos buscando protegerlos de todo les damos la oportunidad a ellos de conocernos realmente.

Hoy mis hijos saben que su madre, es una mujer que ríe, que grita, que llora. Una mujer que siente, una mujer frágil pero fuerte, sensible pero dura cuando debe serlo. Una mujer que a veces siente dolor y que un abrazo, su compañía y el silencio que comparten con ella son aquello que puede devolverle la paz, la fe y la tranquilidad que tanto necesita.

Mostrémonos como somos, para cambiar el “Mamá, ya no llores” por un “Mamá, llora si lo necesitas, aquí está mi hombro y mi corazón para ti”